viernes, 9 de abril de 2010

Grageas Berttie Bott, de todos los sabores.

Hoy de mañana se murió mi abuela.
Durante años, tuve la impresión de que yo no era más que una adolescente estúpida e insensible, y recién hoy cambié esa opinión.
Una vez tuve un novio. Me dediqué a él por completo, y me llegué a olvidar parcialmente de mis amigas. Ellas no tuvieron miedo de decirme lo que pensaban al respecto y me lo dejaron bastante claro, tanto que tuve que ir a un sicólogo por 8 meses para recuperarme del golpe sicológico que me habían dado.
No culpo a mis amigas, me culpo a mí misma por ser tan débil. Tan ingenua. Tan, tan... insípida. Después de ese incidente, las cosas que pasaban a mi alrededor eran de plástico, irreales. Veía las cosas ocurriendo, pero no me afectaban ni me molestaban. Es más, ni siquiera me importaban. Empecé a odiar a la gente. Me recluí en mi cuarto, saliendo sólo para buscar comida e ir al baño. Evitaba el contacto con cualquier persona que me hiciera pensar más de lo necesario. Perdí el interés que tenía por mi vida, por mi adolescencia; viví como un zombie tanto tiempo que no pensaba que fuera a recuperarme.
Hoy de mañana se murió mi abuela.
Tenía 84 años, y estaba mejor que mis padres.
Cuando mi padre, llorando, me dijo que mi abuela estaba muerta, no caí. No lo entendí. No lograba darme cuenta si era un sueño o no.
Y me desperté muchas horas después, cuando mi prima me susurró al oído un "despedite ahora, que si no te vas a arrepentir toda tu vida" al final del velorio.
Ver un cajón en medio de un salón de mármol le pega fuerte a uno. Ver como toda tu familia llora, devastada, es una patada baja.
Pero no llorar frente a tanto dolor es la peor parte. Y después, largar todo cuando ya es muy tarde, es una agonía.
Mi madre dice que mi abuela por fin puede estar feliz. Que se reencontró con mi abuelo, que vio a una nieta casada y que llegó a verme cumplir quince años.
Mi abuela murió feliz.
Y para una mente bien preparada, la muerte no es más que la siguiente gran aventura.

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